Cuando regreses aquí no te olvides que fui yo quien te ayudó a irte. Quien te dio impulso y quien te apoyó cuando nadie más lo hacía. No te olvides, que tus noches fueron compartidas, y tus amaneceres solo míos.
Cuando vuelvas a este remoto lugar, recuerda que yo siempre te quise, y que aunque el tiempo pasa, a veces los sentimientos son más duraderos que las propias rocas, y que, generalmente, no sufren ningún tipo de erosión.
Recuerda nuestros momentos, no voy a ser tan optimista de pedir que sólo sean los buenos, también te permito, es más, te obligo a que recuerdes los malos. Todos esos días en los que odiarme era tu deporte favorito, todos esos momentos de desesperación por mi absurda manera de ver la vida.
Recuérdame, ya no solo como persona, sino también como alma perdida en un mar repleto de soledad.



Cuando regreses, recuerda que yo nunca me fui, que siempre estaré esperándote. A tí y a tu maravillosa sonrisa.

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Hay momentos en los que el negro lo cubre todo. Se introduce en nuestras entrañas y nos oprime cual pelotitas antiestrés, dejándonos sin respiración, dejándonos sin esencia. En esos momentos, la única forma de liberar esa rabia, esa inquietud de nuestra alma, por lo menos en mi caso, uno de tantos, es llorando. Llorar. Simplemente. Eliminar todos nuestros fantásmas por los ojos, intentar evitar que vuelvan a por lo poco que nos queda en nuestro interior, la limitada parte de nosotros que todavía luce con luz propia, que todavía no ha sufrido la contaminación.

Ese "todo" negro no es fácil de eliminar; requiere tiempo, dedicación, esmero y paciencia. Cuatro elementos, que, en muchas personas, destacan por su ausencia. Si juntas todos estos elementos, puede que un día, si eres una persona afortunada, consigas volver a ver el arcoiris. Consigas eliminar esa venda de tus ojos, consigas volver a regenerar esas partes de tu alma putrefactas y vuelvas a brillar con luz propia.

Y cuando hayas llegado ahí, cuando sepas que por fin te has deshecho del MIEDO que te condenaba, lo único que podrás sentir es libertad. Una libertad efímera y dolorosamente deliciosa. Pero sí, será efímera, como todo en esta vida. 

Un día volveras a sentir esa opresión en el pecho, seguramente por causas diferentes. Pero el sentimiento será el mismo. La necesidad de evasión también. Y el modo de salir indemne del asunto, si es que se puede, es el explicado anteriormente.

Releyendo lo escrito anteriormente me he dado cuenta que tampoco muestro mis ideas con la suficiente claridad, que no soy capaz de transmitir los pensamientos que me rondan de la forma que más me gustaría, pero que, sin duda alguna, estoy poniendo el esmero, la paciencia y la dedicación para quitarme la venda del miedo que actualmente me oprime. El tiempo viene solo, y pasa, queramos o no.
 

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A veces buscamos excusas para no ver la realidad. Rodeamos el problema y creemos que así se va a solucionar, sin darnos cuenta que hasta que no lo afrontemos, hasta que no luchemos por solucionarlo, no se solucionará.

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Sabes que lo necesitas, sabes que lo quieres, lo quieres mucho. Pero lo quieres cuando no está. Necesitas que él no te necesite para perder el culo por él. Que cuando te sientes querida huyes. 
Creía que eso había quedado lejos, pero parece que una nunca cambia. A pesar de sí misma.