No sé, aunque no sea mi estilo, para nada, de vez en cuando está bien eso de escuchar canciones moñas para recordarlo en silencio y ver películas de llorar para echar de menos cosas que nunca he tenido, sentarse en el sofá con una taza de café caliente, en pleno agosto, y romper a llorar, sin motivo aparente, aunque con mil razones. De vez en cuando me sienta bien desahogarme y sacar la parte sensible que él me anulo. 


Cuando conoces a alguien importante las cosas deberían ser al revés, debería empezarse por el final, por lo más doloroso, por la última despedida y acabar con dos besos, esos que ni se sienten, dos nombres desconocidos, que pueden llegar a conocerse como nadie, o no. Así sería más fácil, porque no duele no volver a ver a alguien que no conoces y tampoco se sienten esos dos besos “finales” de presentación. No sé, así sería más llevadero tratar con personas como tú, un cabrón sincero, con el que parece que cada abrazo vaya a ser el final, aunque no lo sea, pero sea como caer al abismo y morir, y no volver a nacer hasta el día en el que vuelvas a dignarte a contarme las pecas de la espalda.